Cosas de José Antonio, para andar por casa…

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UN SUCEDIDO

Escuchaba a un amigo de noventa años, comentar con otras personas que una vez tuvo un par de zapatos que le hicieron a medida por encargo de su madre. Seis pesetas le costaron … y no los pudo llevar nunca porque sus pies, hechos a la casi total libertad de las alpargatas, no resistieron el encierro entre paredes de grueso cuero y cierres de cordón contra los que se estrellaban los intentos de huída.

Tuve un par de botas hechas también a medida por el mismo zapatero y puedo asegurar que eran casi eternas. No había piedra, bote u objeto suelto en cualquier calle que resistiera el puntapié dado con ellas. Salía disparado a velocidades impensables de alcanzar con las alpargatas.

El relato vienen a cuento de que un chavalín, sentado en un banco de la plaza, antes de las doce de la noche, contaba a otros coleguillas que sus Nike eran de las que usaba Messi-o algo así- y que tuvo que montarle un “pollo” a su madre para conseguir que se las comprara. Ella no quería, pero el padre se puso de parte del barbáis y la madre no tuvo otro remedio que claudicar. Al parecer las dichosas botas costaban ciento cincuenta euros -lo que es una “pasta”- pero el chaval va con ellas de maravilla.

Lo que me asombra de todo el asunto es que el resto de la panda  -gente de entre doce y trece años- se sumó a la fiesta con los consabidos: “pues yo…” en los que dejaban en muy mal lugar a los padres que, al parecer, o iban sobrados de dinero o no sabían administrar.

Si no nos embridan pronto, salimos desbocados, caray.

Opciones y elecciones

La vida es un permanente estado de elección. Desde que nacemos estamos eligiendo opciones a sabiendas o sin saberlo. Hay ocasiones en las que la elección te condiciona para el futuro, te ata a lo elegido y no hay manera de librarte de lo que te acontece a partir de ella. En cambio, la mayor parte de las veces lo que ocurre es que se pierde la oportunidad de hacer una cosa u otra dependiendo del cuál haya sido la elección realizada.

Ésto  es lo que les ocurrió a un par de amigos que fueron invitados, por quien podía hacerlo, a presenciar la carrera de Fórmula 1 de ayer en Valencia en la que Fernando Alonso partía de la 11ª –oncena o décimo primera, que nadie lea onceava, por favor- posición y nadie daba un euro por él hasta que acabó llegando el primero a la meta con gran contento y regocijo de los espectadores españoles. Los amigos en cuestión se quedaron sin poder henchir sus pechos del espíritu patrio que acompaña siempre a estos triunfos y lo malo no es sólo eso, sino que se les quedó cara de bobos, como puede comprobarse en el testimonio gráfico que se acompaña. ¡Ay, si ellos hubieran sabido que Alonso iba a adelantar incluso a Grosjean que aunque naciera en Suiza huele a gabacho…!

… se les queda cara de bobos…

Ya que hablamos de orgullo patrio, hablemos también de la selección. -¿Cómo que de qué selección? ¿Usted es tonto o qué? De la que eliminó a Francia de estos europeos para regocijo de enemigos de guiñoles y de franceses… en el buen sentido de la palabra enemigos, claro.

Lo del europeo de fútbol ha exacerbado la pasión por dar patadas a un balón… sea donde sea. Ahora que está muy en boga quejarnos por todo, voy a quejarme de la conversión en campo de fútbol de mi querida Plaza del Olmo. Cuando yo era chaval, allá por el neolítico, el tío Antonio el Alguacil era persona que, con su sola presencia en la plaza hacía desaparecer cualquier conato de competición futbolera. No toleraba ni siquiera el peloteo suave, antecedente del “toque” de los seleccionados españoles . Pues bien; ahora, con eso de no traumatizar a los jóvenes valores del balompié patrio hay grupos de tiernos infantes que toma la fachada del Museo Manolo Rodríguez, como la portería enemiga a la que  hay que batir a toda costa. ¡Y vaya si lo hacen! Con un estilo impecable -que mejor quisiera yo para su modo de escribir, de hablar y de comportarse- los ninios sacuden unas patadas tremendas a balones de reglamento que resuenan como bombas al dar con la pared.

En mi apreciación, son los papás y las mamás las que debieran reprender semejantes actitudes, pero ellos fomentan “la posición del cuerpo en el golpeo” y ellas viven mejor al fresco de una horchata o sentadas en los bancos. El Ayuntamiento, la Policía Municipal, está enfrascada en otros menesteres y no aparece por el Centro Histórico y la competición sigue impune ante mi gesto de contrariedad permanente.

 Claro que, a escasez de medios, ingenio; el Ayuntamiento ha conseguido frenar el bombardeo a una fachada que pagamos entre todos, no hay que olvidarlo, y simplemente con dejar que un coche aparque en lugar prohibido, ha resuelto el problema. Véase la muestra en un pequeño descanso de la competición de ayer por la tarde.

Entre la opción de tener que imponer -palabra maldita, aunque se trate de lo que sea justo y legal- y la posibilidad de buscar el antídoto en otra falta, se  elige lo segundo. A fin de cuentas, electricidades del mismo signo se repelen.

Cosas que tiene el guiñote

De entre los juegos de cartas, el preferido por estos pagos es el guiñote. Un entretenimiento que, de haber sido descubierto por los anglosajones, sería juego obligado entre los jugadores de todo el mundo; pero, claro, aquí no hay “honores” ni picas ni tréboles: oros, copas, espadas, bastos y “cantes” en lugar de honores; las manos son “garras” y se juega a “cotos” que pueden ser del número de garras que se determine, generalmente, por aquí, de cuatro. Retranca, toda la del mundo y picardías más que cañas tenga un cañar. Hay tantas picardías que se admite como parte del juego el renuncio, es decir, el juego en contra de las reglas establecidas que si es descubierto por el contrario acarrea la pérdida de la “garra” y si pasa… pasa y se da por bueno el tanteo; pero el renuncio lleva como condición que si el que renuncia se ha equivocado en su apreciación, pierde la garra. En definitiva que no se premia la capacidad de “jugarlas bien”, que eso hay que darlo por supuesto, sino la pillería, lo artero, la “rabosería” y el juego sucio… siempre que no se descubra. El pícaro tiene más ventajas que el sabio. ahora que lo pienso, quizás por eso los anglosajones tienen poco que hacer en este negocio.

Las partidas se ganan cuando se "arreglan"


Así es que se dan situaciones como la que he visto esta tarde: una partida desigualada en la que una de las parejas era de las que se acuerdan no sólo de “lo” que ha salido, sino -y esto es mucho más importante- de “lo” que falta por salir. Además, “saben” en qué mano están las cartas que importan; bueno lo saben o lo suponen, que a veces se equivocan. Los contrarios, de los que confían en la providencia divina y en coger más triunfos que los otros. Así es que, a poco que rueden las cartas de acuerdo con unas estadísticas basadas en medias, el empate lo tienen asegurado por más cosas contrarias a la lógica “guiñoteril” que hagan a lo largo de la partida; pero ésta es una cosa de las que tiene el guiñote, que “a labrador tonto, patatas gordas” y, así, los ganadores “a priori” se han convertido en víctimas “por la gracia de Dios”, como le gustaba decir a algún viejo jugador ya desaparecido y cuya semblanza quizás haga algún día.

Tipos de los años 20

Valencia, en la época, era un hervidero de gente que llegaba a ocupar los puestos de trabajo que la industrialización, el auge de la exportación de naranja y la posibilidad de trabajar en la construcción de los edificios de los ensanches proporcionaban a las gentes de los pueblos limítrofes, a los de la Serranía y a los que quisieran labrarse una vida nueva en la gran ciudad. Desaparecían las alquerías y en lugar de surcos trazados a cordel, aparecían calles nuevas, avenidas y plazas que daban un aire cosmopolita a la ciudad.
No faltaban los locales de diversión y de ocio, abiertos a la curiosidad de las gentes que se encandilaban con los espectáculos de todo tipo que se daban en ellos promocionados por avispados empresarios que se habían dado cuenta de que, al menos, parte del dinero que circulaba con fluidez, podía recalar en sus bolsillos a poco que se lo propusieran.
Lavando en la Acequia del Gas
Uno de éstos hombres de negocios -D. Vicente Barber, conocidísimo en la ciudad por ser uno de los más potentes de entre los dedicados al espectáculo- se encontraba en el vestíbulo de uno de sus estos locales del que era gerente -el Teatro Eslava- controlando en cierto modo la entrada de espectadores, cuando le sorprendió un hecho para él insólito: apareció un ciudadano que, sin pasar por la taquilla, se introdujo en el patio de butacas, saludando con un escueto “bona nit” a los porteros, que no hicieron el mínimo ademán por detenerle o pedirlerle la entrada.
Escamado D. Vicente por un comportamiento inusual, se dirigió a sus empleados:
-¿Qui es eixe tío que ha entrat sense pasar per taquilla?
– No’l coneguem, D. Viçent. Ell aplega tots els díes y se fica dins sense dir més que “bona nit”.
-¡Aixó no pot ser! -exclamó D. Vicente en el colmo de la indignación- demá va a saber el “cara” eixe quí soc jo.
A la noche siguiente, más o menos a la misma hora estaba D. Vicente al pie del cañón esperando al sujeto que se le colaba un día tras otro sin pagar entrada, cuando le vio llegar. Se produjo la escena de la noche anterior, y cuando el “andoba” ya entraba en el patio de butacas, le interceptó el señor gerente, rabioso al ver la indiferencia de sus empleados:
-¡Dispense, caballer! -le espetó con indignación contenida- ¿vosté sap qui soc jo?
– No señor, no més que per a servirle- repuso el otro.
– Yo sóc Barber -dijo poniendo énfasis en el apellido conocidísimo en la ciudad
– I jo electriciste – aseveró el otro emprendiendo el camino de su butaca de patio ante el estupor de D. Vicente, que reaccionó de inmediato.
– A éste li deixeu entrar gratis sempre.
Reconocimiento a la rapidez de respuesta y al ingenio demostrados. Eran los felices 20 de 1900.

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